Si el año fuese una libreta, sería fácil resumirlo. Los primeros meses escribes con cuidado, con letra clara y cuidando la ortografía. Es el principio del cuaderno y quieres que, cuando alguien pueda leerlo, vea que eres una persona cuidadosa y ordenada. Pasan las hojas y descubres que, muy a tu pesar, ha habido un fallo. Tal vez un "estube" o un "hoigan", pero el caso es que ese fallo no importa mientras no se repita. Coges la hoja, la tiras y reescribes otra vez todo, cuidando ortografía y coherencia. A pesar de tus denodados esfuerzos por mantener tu cuaderno impoluto, otro fallo se presenta. Un borrón mientras escribías ha ensuciado una parte de la hoja y ha dejado ininteligibles 4 o 5 palabras. Llevas más de medio folio escrito y no te apetece volver a empezar. Así que lo dejas pasar con la esperanza de que ese borrón no influya demasiado en el conjunto de hojas. Sigues y sigues escribiendo y he aquí que en un determinado momento del cuaderno has dejado de escribir en azul y te has pasado al negro. Fallo incomprensible, error fatal. ¿Vas a reescribir 20 o 30 folios? Cielos, no. Así que continúas con el negro, a pesar de que cuando tu hermano pasa por tu lado te dice "Eh, ¿no estabas escribiendo antes en azul?" Tú respondes que no, que siempre lo has hecho en negro. En las últimas hojas del cuaderno, ves que has cometido cientos de fallos, borrones y manchas que no has detectado antes. Si que recuerdas que alguien te dijo que "abían" lleva "h" o que comer en pasado es "comido" y no "comío". Pero ves que el cuaderno llega a su fin, ves el esfuerzo dedicado y el resultado, y sólo piensas en acabar este estúpido año.

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